No era una mascota
En 2005, Boston Dynamics presentó BigDog, un prototipo de robot cuadrúpedo desarrollado con apoyo de investigación estadounidense. Su propósito no era hacer compañía ni parecer adorable. Los ingenieros querían lograr que una máquina transportara cargas y caminara sobre terreno irregular, un problema que incluso con motores potentes resulta difícil.
BigDog se volvió famoso por los vídeos en los que resistía empujones y recuperaba el equilibrio. Detrás había control dinámico, sensores y actuadores. Parecerse a un animal era una elección funcional: cuatro patas ofrecían ciertas posibilidades de movilidad en entornos donde las ruedas encontraban dificultades.
La diferencia entre caminar y acompañar
Es fácil mirar un robot con cuatro patas y llamarlo «perro robot», pero la apariencia no revela el objetivo. BigDog resolvía un problema de locomoción; AIBO estaba pensado para interacción doméstica. Ambos pertenecen a la historia de la robótica cuadrúpeda, pero sus criterios de éxito eran distintos.
Para BigDog, una medida importante era mantener estabilidad y desplazarse. Para un compañero doméstico, importan además la seguridad junto a las personas, la comodidad, la privacidad y si las interacciones tienen utilidad real. Ninguno de esos requisitos se deduce automáticamente de la forma de las patas.
Lo que un perro mecánico enseña a un diseñador
Los robots con apariencia animal pueden nacer de necesidades muy diferentes. Algunos exploran la movilidad autónoma, otros la comunicación emocional y otros la educación. Antes de maravillarnos con una demostración deberíamos preguntar qué problema intenta resolver el proyecto y si la solución funciona fuera del vídeo.
El contraste con AIBO es fértil para From Dogs to Bots: dos máquinas llamadas «perros» tomaron caminos divergentes, uno hacia el terreno abrupto y otro hacia el salón de una casa. Las dos ayudan a entender por qué el cuerpo de un robot no determina, por sí solo, la relación que tendremos con él.