Un perro que no necesitaba paseos
En 1999 Sony lanzó el AIBO ERS-110, un perro robot de consumo diseñado para explorar la interacción con una mascota artificial. En Japón, las primeras 3.000 unidades ofrecidas se agotaron en unos veinte minutos. Era un objeto tecnológico costoso y limitado, pero no parecía un simple electrodoméstico: podía moverse, reaccionar a estímulos y cambiar su comportamiento conforme a su programación y experiencia.
Su apariencia claramente robótica fue parte de su encanto. No intentaba hacerse pasar por un perro vivo. Su nombre y su diseño proponían una relación lúdica que muchas personas desarrollaron con el tiempo. La palabra «personalidad» en la publicidad no demuestra sentimientos: describe patrones de comportamiento interpretados por quienes convivían con él.
La despedida que nadie esperaba
Con el paso de los años aparecieron problemas que ningún anuncio de lanzamiento podía resolver: baterías agotadas, componentes que dejaban de funcionar y dificultades para encontrar reparaciones tras la retirada de antiguas líneas de AIBO. En Japón llegaron a celebrarse ceremonias de despedida budistas para robots que ya no podían repararse. Algunas piezas recuperadas servían después para reparar a otros AIBO.
Las ceremonias no probaban que el robot estuviera vivo. Mostraban algo sobre las personas: podemos otorgar significado a un objeto que ha acompañado rutinas, recuerdos y relaciones. Algunos propietarios trataban la despedida como algo más que el reciclaje de electrónica. Esa historia dice tanto sobre el apego humano como sobre el diseño robótico.
La pregunta para Companion
¿Qué obligación tiene quien fabrica una máquina que alguien llega a querer? AIBO ofrece una pregunta importante para cualquier proyecto de acompañamiento robótico: ¿qué ocurre cuando el servicio se interrumpe, el fabricante desaparece o las reparaciones dejan de existir? No basta con diseñar una voz simpática o gestos convincentes.
Una relación útil puede coexistir con límites transparentes. El diseño debe cuidar el mantenimiento, la privacidad, la posibilidad de despedirse y el contacto con personas reales. La historia de AIBO no propone reemplazar a los animales o a la familia. Nos invita a tomar en serio a quienes encuentran consuelo en una máquina sin fingir que esa máquina siente lo mismo.